Pastelerías centenarias de Madrid

En sus antiguos escaparates descansan bollos, tartas, preciosas cajas de galletas, caramelos y bombones que atraen la mirada del paseante. Esos escaparates han sido testigo de los cambios sociales, políticos y económicos de Madrid y, por supuesto, han sabido endulzar la vida de varias generaciones. 

A día de hoy de sus obradores continúan saliendo productos de calidad, con la responsabilidad de ser los encargados de preservar las tradiciones y el buen hacer de quien un buen día fundó sus casas. Hoy hacemos un repaso de las pastelerías centenarias de Madrid.

Antigua Pastelería del Pozo


Antigua Pastelería del Pozo

La pastelería con más solera de Madrid data de 1830 y es la Antigua Pastelería del Pozo. En el siglo XX fue comprada por el repostero Julián Leal, y son sus sucesores quienes siguen al frente de su obrador. Sus sabores son fruto de quienes han sabido hacer el mismo producto durante más de cien años. Ellos son los responsables de uno de los mejores hojaldres de Madrid, realizado a base de manteca (no mantequilla) y con un enorme trabajo por parte del repostero. Tampoco puedes dejar de probar sus famosos bartolillos, tan típicos de Madrid, que sirven con canela en polvo por encima y que son sin duda una de sus insignias de la casa.  También destacan sus múltiples turrones y roscones de reyes, que realizan todos los días del año.

El local es francamente precioso, y mantiene la esencia de antaño. Resulta divertido ojear el ambiente, admirar su vieja caja registradora, sus lámparas antiguas o su antigua balanza.


Lhardy

Fue en 1839 cuando Lhardy nació en plena Carrera de San Jerónimo de manos del francés Emilio Huguenin Lhardy. Aunque comenzó como una confitería, poco a poco fue ofreciendo comidas hasta llegar a incorporar también fiambres, quesos y platos para llevar y suyo es el famoso consomé servido en samovar, que atempera los paladares más exquisitos. La organización del banquete del hijo de Marqués de Salamanca lanzó a Emilio Lhardy a la fama en 1841, haciendo que los personajes famosos de la época se disputaban por estar en sus mesas y hasta la propia Isabel II visitase el establecimiento de incógnito. 

Hoy por hoy su tienda sigue siendo un lugar encantador en el que comprar algún dulce, tomar un consomé caliente con un sandwichito de lechuga y disfrutar sin duda de su encanto centenario.


Casa Mira

Casa Mira

El 1855 un jovencísimo Luis Mira abandonó su Jijona natal para comenzar una nueva vida en Madrid. La historia cuenta que Luis, que partió de su ciudad natal con tan solo un carro lleno de turrón tirado por dos mulas, tuvo que reiniciar su viaje cuatro veces ya que vendía todo el género incluso antes de llegar a Albacete. Desde los comienzos su turrón cautivó a todos llegando a ser proveedor de la real Casa de Isabel II, de Amadeo de Saboya, de Alfonso XII, de la Regencia de Maria Cristina y de Alfonso XII.

Hoy en día es su tataranieto quien continúa con la tradición y los métodos artesanales que consiguen crear un producto de calidad entre los que encontrar, además de los turrones, todo tipo de pastelería, glorias de Jijona, tortas imperiales, polvorones o peladillas.


El Riojano

En 1855 el pastelero Dámaso de la Maza, procedente de La Rioja, decide montar su propio establecimiento tras su experiencia como pastelero personal de la Reina Maria Cristina. El propio cariño de la Reina hacia su pastelero hizo que incluso le ayudase a establecer su nuevo negocio, ayudándole con caros materiales para el mostrador y escaparate.

Tras una vida dedicada a su negocio, Dámaso de la Maza no deja descendencia, pero El Riojano pasó a sus empleados y este esquema se ha repetido hasta la actualidad, manteniendo la tradición de antaño con un obrador basado en dulces castizos como los bartolillos, los pestiños o las Pastas del Consejo. Mención especial tiene hablar de sus azucarillos, un dulce hecho con azúcar y agua que sirve como digestivo después de un licor... El famoso "Agua, azucarillos y aguardiente" de la Zarzuela.



La Mallorquina

Juan Ripoll, de origen balear, inauguró su tienda de pasteles (principalmente ensaimadas) en Madrid en el año 1894, complementándolo con fiambres, chocolates y cafés. Sus ensaimadas servidas con chocolate rápidamente alcanzaron fama entre el selecto público que visitaba el lugar. Sin embargo, con el paso de tiempo alcanzaron fama popular y pronto todo tipo de personajes acudirían a sus salones.

Muchos bohemios acudían de noche para realizar tertulias literarias que convirtieron a La Mallorquina en un epicentro cultural de la capital hasta el inicio de la Guerra Civil. Finalmente, Ripoll se decidió a vender la Mallorquina a sus actuales propietarios durante la guerra.

En su tienda, siempre atestada de gente, es imprescindible comprar sus famosas napolitanas o sus bambas de nata, además de dulces típicos de temporada como las rosquillas tontas y listas o los huesos de Santo.


La Duquesita

Algo más "reciente" es La Duquesita, fundada en 1914 y cuyo fundador, Don Romualdo, llegó a despachar roscones incluso a Primo de Rivera o  la Reina Maria Cristina. Su obrador es el responsable de uno de los mejores roscones de reyes de Madrid, de ricos y castizos bartolillos o de sus suspiros de la modistilla que según dicen, nada tienen que envidiar a los macarons de Laduree.

Su nombre procede de la gran muñeca de alabastro que se encuentra presidiendo la tienda, cuyo local conviene observar con atención para disfrutar de los detalles de la época.

Direcciones:
Antigua Pastelería El Pozo: Calle Pozo, 8
Lhardy: Carrera de San Jerónimo, 8
Casa Mira: Carrera de San Jerónimo, 30
El Riojano: Calle Mayor, 10
La Mallorquina: Calle Mayor, 2
La Duquesita: Calle de Fernando VI

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